23 may. 2007

Kevin carter y a historia de una foto





El compromiso en el documento fotográfico. La foto que recorrió el mundo

Por Hernán Pesis

Toda imagen fotográfica constituye un elemento icónico de la realidad que nos rodea, en mucho mayor medida que una pintura.

Desde los inicios de la fotografía (presentada a la Academia de Ciencias en 1839)
se discutió, por ejemplo, el papel artístico de una fotografía. ¿Cómo podía llegar a ser arte una imagen tomada desde una máquina en forma tan objetiva?
Por esos años la imagen fotográfica era considerada solamente un espejo de la realidad, y es por eso que a lo largo de la historia de la fotografía existieron imágenes que despertaron toda serie de fuertes reacciones y sentimientos.

Recordemos las niñas de Lewis Carroll, los desnudos fetichistas de Mapplethorpe, la visión bizarra de Jan Saudek o los cadáveres, enanos y gente deforme de Joel Peter Witkin. Podemos disfrutar de dichas imágenes, o nos pueden causar rechazo u otro sentimiento, pero seguramente no pueden pasarnos desapercibidas.

Munch pintó una vez una niña desnuda, pero era una pintura, era arte. Lewis Carroll, en cambio, fue tildado de pedófilo. Creo que esto es un ejemplo de la reacción que nos puede despertar una imagen fotográfica, aún, conociendo hoy día las múltiples formas de manipulación digital a las que son sujetas. La relación icónica con la realidad está siempre presente.

El documental comprometido con la realidad documentada y no un simple registro de la realidad tiene sus orígenes en Thompson y Hine, pero se cristaliza alrededor de algunos de los fotógrafos de la FSA (Farm Security Admnistration) como Walker
Evans, Arthur Rothstein, Ben Shahn y Dorotea Lange, quienes habían sido contratados por el gobierno de Roosevelt para documentar las pésimas condiciones de subsistencia del campesinado estadounidense luego de la Gran Depresión, y de esa forma poder pedir fondos para subsidios. La idea era de un compromiso total con el documento, compromiso que se siente reflejado en sus imágenes.

Existe aún hoy cierto debate acerca de si el fotógrafo documentalista debe involucrarse o mantenerse al margen de los acontecimientos que suceden frente a su lente.

Siempre me interesó, en mis clases de historia de la fotografía, abrir este debate, y es por eso que me gustaría presentarles esta pequeña historia para que, de esta forma, ustedes puedan por si mismos, partiendo de este ejemplo, extraer sus propias sus conclusiones.


Entre el compromiso y el registro

En 1994, el genial fotógrafo documentalista sudanés Kevin Carter ganó el premio Pulitzer de fotoperiodismo con una fotografía tomada en la región de Ayod (una pequeña aldea en Sudan), que recorrió el mundo entero.

En la imagen puede verse la figura esquelética de una pequeña niña, totalmente desnutrida, recostándose sobre la tierra, agotada por el hambre, y a punto de morir, mientras que en un segundo plano, la figura negra expectante de un buitre se encuentra acechando y esperando el momento preciso de la muerte de la niña.

Al recibir el premio, Carter declaró que aborrecía esa fotografía:

“Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla. La odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la
niña”.




Cuatro meses después, abrumado por la culpa y conducido por una fuerte dependencia a las drogas, Kevin Carter se quitó la vida.



Publicado en Leedor.com el 4-8-2005